Lectio ‘Palabra vivificante’. P. Fidel Oñoro cjm

Mc 7,31-37: ¡Effethá!

Le trajeron a Jesús a un sordomudo, una persona enclaustrada en el silencio, prácticamente incomunicada. Pero tiene algo a su favor: amigos; cuenta con una pequeña comunidad de personas que lo quiere mucho y que lo lleva donde Jesús.

La historia del encuentro del sordomudo con Jesús es emblemática, es el ícono de todo el que llega la fe, es un itinerario de curación para todo creyente en Cristo.

No es un milagro más. El lugar, el beneficiario y el modo como ocurre, lo indican.

El lugar: ocurre en tierra ‘pagana’, fuera de un ambiente confesional.

El beneficiario: se trata de un sordomudo que representa a todo el que no sabe hablar ni escuchar, sea la Palabra de Dios, sea la palabra humana en el tejido de las relaciones comunitarias y sociales.

El modo: el relato describe un proceso con etapas bien presentadas en las que nos podemos reconocer todos.

Veamos los pasos de este itinerario:

1. El sordomudo es llevado donde Jesús

¿Era necesario que otros lo llevaran? Tendría más sentido en el caso de un paralítico o de un ciego. Sin embargo, son otros los que lo llevan. Los primeros protagonistas son los amigos.

¡Qué bella una comunidad donde cada uno conduce con humildad al otro y a su vez se deja conducir!

¡Qué bella una comunidad donde se preocupan por un hermano que sufre de incomunicación y por tanto de aislamiento!

La tarea de toda comunidad es llevar al hermano a Jesús.

Y este sordomudo es un pagano, no pertenece a los creyentes judíos ni a la comunidad de seguidores o admiradores de Jesús.

Aquí de nuevo vemos que el acontecer de Dios no depende de un lugar ni de un grupo religioso particular, sino del terreno común del corazón humano, sufriente y buscador, como único espacio que le permite revelarse.

Lo mismo había ocurrido (lo vimos ayer) con la sirofenicia.

2. El encuentro con Jesús y la sanación

Para traerlo de nuevo a esta intensa comunicación con Dios y los hermanos, Jesús da tres pasos con el sordomudo:
(1) Lo lleva aparte.
(2) Hace gestos que muestran un contacto físico profundo (dedos en los oídos, saliva en la lengua) y verbal (‘Ábrete’).
(3) Manda a callar, paradójicamente, a quien acaba de darle la voz.

Uno
Lo lleva aparte

Para romper la incomunicación Jesús da el primer paso: toma iniciativas, lleva aparte y habla primero. También él cree y espera. Se la juega por anticipado, aun sabiendo que no tiene ninguna garantía de que va a lograrlo.

Este es el primer paso de la pedagogía de Jesús. Él acorta las distancias, crea una relación estrecha con él.

Se trata de la curación de un hombre enclaustrado en sí mismo y para ello crea el ambiente para una comunicación profunda con él.

El llevarlo aparte es bellísimo: Jesús no quiere distracciones. Los dos quedan cara a cara. Como si le dijera: ‘Ahora estoy totalmente disponible para ti, para mí en este momento sólo cuentas tú’.

Uno podría recrear un poco lo que ocurre: los dos se miran a los ojos y Jesús toma aquel rostro entre sus manos.

Dos
Hace gestos corporales y delicados

La cercanía de Jesús se traduce en gestos concretos. Jesús obra en el cuerpo del hombre, muestra que nuestros cuerpos son laboratorio del Reino, lugar santo en el que acontece el encuentro con Dios.

El narrador describe una gestualidad muy viva:
– Toca sus oídos
– Pone saliva en su lengua
– Ordena

…Toca…

Jesús pone los dedos en los oídos del sordo. Le habían pedido que le impusiera las manos. Pero hizo otra cosa. No fueron las manos sino los dedos, como el artista que modela delicadamente el rostro que ha plasmado. Como una caricia.

…Con la saliva toca su lengua…

El hecho de escupir nos remite a la mentalidad de la época, la cual le atribuía a la saliva un valor terapéutico, sanador.

Aquí se trata de un gesto íntimo, que comunica desde lo interior y que involucra personalmente. Como quien dice: ’Me doy a mí mismo a ti’.

Se trata de algo que está en la boca del hombre, junto con la respiración y la palabra, símbolos del Espíritu.

…Ordena…

Mirando al cielo Jesús le manda: ‘Ábrete completamente! (7,34), que en arameo se dice ‘Effathá’.

El mandato no se dirige solamente a los oídos, sino a la totalidad de la persona, de la cabeza a los pies.

¡Ábrete! Como se abre la puerta a un huésped. Para acoger a otro hay que abrir un espacio interior.

¡Ábrete! Como se abre una ventana al sol y los brazos al amor. Abandona tus encerramientos, rigideces y bloqueos. ¡Ábrete!

¡Ábrete! Como se abre un cofre precioso para dar lo mejor de sí y enriquecer a otros.

¡Ábrete! A Dios a los otros, con tus debilidades y heridas, para que pase por ellas el soplo de la vida.

¡Ábrete! Sal al encuentro de los demás, sal de la soledad en la que has buscado refugio y seguridad. La soledad es necesaria, pero hay aislamientos peligrosos, incluso mortales.

3. Los efectos de la sanación

El narrador cuenta las efectos: ‘Enseguida se le abrió la audición, se soltó la traba de su lengua y hablaba correctamente”.

Primero la audición, luego el habla. Sólo sabe hablar quien sabe escuchar. El primer servicio que se le da a Dios es el de la escucha, si no, no hay palabra verdadera. Quien sólo habla y no escucha, levanta muros de incomprensión.

Hay un juego de palabras que sólo se puede notar en griego. Al principio el narrador se refiere al órgano físico del oído (en griego ‘ous’), esto es lo que Jesús inicialmente toca (7,33).

Pero Lugo, cuando el milagro se realiza, cambia la palabra. Ya no se dice ‘oído’ sino ‘escucha’ (en griego ‘akoé’), literalmente: ‘enseguida se abrió su escucha’ (7,35). Esto quiere decir que el hombre es sanado en su capacidad de escuchar y de entender.

Enseguida, el narrador aclara que no es que esta persona esté muda sino que hablaba con dificultad (en griego ‘mogilálos’).

Lo que Jesús hace por él, no consiste sólo en devolverle el habla, sino en ayudarlo a expresarse correctamente y hacerse entender (7,35).

En síntesis, la sanación ocurre en este caso como un proceso de apertura. No sólo del oído y de la palabra, sino también de la persona entera a Jesús y a la comunicación interpersonal. Este hombre es restaurado en su capacidad de escuchar y en la dignidad de comunicase con Jesús y con los demás.

Otro efecto de la curación es que Jesús es proclamado.

Al final, Jesús manda que no cuenten lo que pasó. Pero ocurrió lo contrario (7,36-37).

Lo que la gente proclama le hace eco al relato de la creación en Gn 1,31: ‘Entonces Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno’.

La gente por su parte lo aplica a Jesús, diciendo de él: ‘Ha hecho bien todas las cosas’.

La obra de Jesús es sintetizada así como una nueva creación.

En fin…

No es explícito, pero por detrás de este episodio, Marcos le echa el ojo a los discípulos (se notará mejor en 8,22-26).

El sordomudo es imagen de los discípulos que, encerrados en su propio mundo, no logran salir todavía de sus viejos esquemas.

Ellos tienen que aprender a escuchar y a acoger la manera como Jesús va desvelando su manera de ser Mesías, tan contraría a sus expectativas triunfalistas.

Este es un relato con impacto en el discipulado y la misión, porque trata de dos capacidades muy importantes para la vida comunitaria y la evangelización: el partir de la escucha y superación de los bloqueos para hablar.

Podríamos ir más allá…

El relato contrasta con la imagen empañada de algunas familias y hasta de la sociedad, donde no sabemos dialogar, donde nos relacionamos como sordomudos, cada uno por su lado sin entendernos a fondo, encerrados en nuestros propios puntos de vista y siempre alimentando conflictos.

Con Salomón podríamos pedir ‘un corazón que escucha’ (‘Lev shomeah’, 1 Reyes 3,9). Sólo con el corazón se escucha.

El buen trato con Dios y con los hermanos requiere no sólo del cultivo del recogimiento interior, sino de hacerlo con una verdadera escucha que convierta.

Entonces, sí, vendrá la misión y la más auténtica comunicación. Nacerán palabras perfumadas de vida y de cielo.