Lectio ‘Palabra vivificante’. P. Fidel Oñoro cjm

Mc 7,24-30: El dolor de una madre abre puertas

Revivimos ahora un relato inolvidable del evangelio. Merece nuestra atención.

No sabemos el nombre de la señora protagonista. La identificamos como la señora de los perritos o como la extranjera de las migajas, o mejor, dada su procedencia, como la mujer sirofenicia. Es quizás uno de los personajes más simpáticos del evangelio.

Esta mujer sencilla, del pueblo, se vale del instrumento más potente que hay para cambiar una vida, esto es, no de las ideas o nociones, sino del encuentro.

Un encuentro con Jesús siempre resulta transformador.

Si no se da es porque no nos preocupamos por provocarlo o porque encontramos mal, sin abrirnos al don que él nos trae.

Cómo es evidente en cada página del evangelio, en cada cada encuentro con Jesús se llevaba a cabo una fecundación recíproca.

Veamos lo que ocurre en el encuentro entre la Sirofenicia y Jesús.

1. Un Jesús que pasa fronteras

El encuentro con la sirofenicia le abre la puerta a los paganos, los que no son del pueblo hebreo.

Observemos primero el contexto: Jesús pasa frontera, después de la discusión con los fariseos se va temporalmente del territorio judío a la región pagana de Tiro (7,24), en el actual Líbano.

Este paso tiene implicaciones. Podemos ver al menos cinco giros:

Uno, se pasa de la discusión sobre las normas de pureza al exorcismo de un espíritu impuro (7,25).

Dos, se pasa del diálogo con las autoridades religiosas a la conversación con una mujer sencilla, además pagana (7,26).

Tres, se pasa de la atención exclusiva a los hijos al cuidado de los ‘perritos’, haciendo que el pan sacie no sólo a los primeros sino también a los segundos (7,28).

Cuatro, se pasa de la pretensión de reservar el título de ‘hijos’ a una sola categoría de personas (los judíos), a un uso inclusivo y extensivo que abraza a todos los seres humanos (7,28).

Y cinco, se traspasa una frontera social, y religiosa.

Social, porque Jesús permite que una mujer lo contradiga y ponga en discusión sus palabras. Esto es inaudito en una sociedad patriarcal y machista.

Religiosa, ya que sale de un ambiente preocupado por las normas de pureza a un contexto considerado todo él como impuro.

2. De una casa a todas las casas

Una particularidad de la versión de Marcos es que la acción comienza en una casa y termina en otra casa.

Al principio el narrador informa que Jesús llega a una casa donde intenta pasar desapercibido (7,24: ‘entra en una casa y no quería que nadie lo supiera’). Al final, la señora va a su casa y encuentra a su hijita sanada (7,30: ‘Volvió a su casa…. el demonio se había ido’).

Este énfasis no parece casual. La imagen de la casa tiene destaque en el evangelio de Marcos. Es uno de los lugares más importante del discipulado (la formación en la intimidad de la casa: 3,20; 7,17; 9,28.33; 10,10) y de la misión (1,29; 2,1.15; 5,19.35-43).

Pues bien, la mujer pagana manda al suelo los prejuicios excluyentes, irrumpe en la privacidad de Jesús y abre su casa. ¿Cómo? Lo hace abrirse para servir a todos los que sufren sin distinción, independientemente de que sean judíos o no.

El narrador nos lleva en esa dirección. Reconstruyamos los pasos.

3. La apertura de la mesa… el pan para todos

En el centro del relato está el diálogo entre la mujer y Jesús (7,26-28).

La mujer va al directo al grano con la petición de la sanación de su hija.

Jesús le responde anteponiendo prioridades: los ‘hijos’ son los primeros a los cuales está destinado el pan. Le recuerda que no sería una buena cosa arrojar el pan a los ‘perritos’ antes de que los hijos estén saciados.

¡Atención con un detalle! Jesús usa el término griego ‘kynarion’, ‘perros chiquitos’. Por una parte, recordemos que ‘perro’ connotaba contaminación (según ellos), que era una forma de referirse a los que no eran de la comunidad judía, o sea, los paganos. Evidentemente era despectivo. Por otra, el diminutivo, tiene un matiz de afecto, connota una etapa en que están más necesitados.

Una respuesta que a primera vista podría parecer grosera, en realidad deja abierta una posibilidad. Jesús no excluye a los ‘perritos’. Lo que hace es anteponer una prioridad (‘deja primero que…’).

La reacción de la señora es ágil e inteligente. Cambia la lógica y la lectura de los hechos haciéndole correcciones a Jesús.

Uno, ella llama ‘niños’ (en griego ‘paidion’) a los mismos que para Jesús son ‘hijos’ (en griego ‘tékton’) ampliando el concepto, es decir, que no son sólo aquellos que lo son por descendencia (como ocurre con los judíos). En el término ‘niños’ caben todos, judíos o no. Sutil, pero importante.

Dos, al antes y al después señalado Jesús, la mujer le contrapone una contemporaneidad, valiéndose de la misma imagen usada por Jesús: mientras que los niños comen el pan sobre la mesa, los perritos comen debajo de ella las migajas que caerán.

Además…

Tres, lo dice con dignidad: no hay necesidad de ‘tirarles’ nada, las migajas caerán solas.

Cuatro, a todo ello le suma una tremenda humildad: los ‘perritos’ no piden nada más (7,28), no piden transformarse en ‘hijos’ o que les den comida de primeros.

El punto es que, gracias a su interpelación, el pan de los hijos/niños resulta para todos.

Pero hay más…

4. La mujer que convenció a Jesús

La réplica de la mujer convence a Jesús, hasta el punto de que el narrador no tiene necesidad de detenerse ya en el tema del exorcismo.

El milagro se realiza con base en las palabras de la mujer: ‘Por eso que acabas de decir, puedes irte, el demonio ha salido de tu hija’ (7,29).

Y la señora llega a su casa y descubre contenta una bella escena: su hija reposa en la cama liberada.

Jesús libera a la niñita así como el más fuerte que entra en la casa del fuerte (como en 3,27) y lo vence.

El efecto del diálogo central se hace notar. En la escena final, la niña ya no es llamada ‘hija’ (en griego ‘thygáter’) sino ‘niña’ (en griego ‘paidíon’), el mismo giro de vocabulario del que se valió la mujer para transformarla en uno de esos ‘niños’ que tienen derecho al pan. No era un simple cambio de terminología sino de conceptos.

Entre tantos valores que tiene el relato, quisiera detenerme en uno en particular, en cómo se destaca la fuerza de lo femenino y lo materno.

Uno, una mujer que abre puertas

La mujer sirofenicia es una de esas figuras femeninas que juegan un papel decisivo en el evangelio de Marcos, junto con la suegra de Pedro (1,30-31), la hemorroísa (5,25-34) y la hija de Jairo:

Recordemos:
– Después de la curación de la suegra de Pedro, la casa se abrió para acoger en la puerta a todos los enfermos y endemoniados de Cafarrnaún (1,32). Y muchos fueron sanados.
– Después de la curación, la mujer hemorroísa se vuelve signo para todos los que siguen a Jesús (5,31-33).
– La hija resucitada de Jairo se convierte en signo para el pueblo de Israel, ya que su padre es jefe de la sinagoga (5,22.35.38).

Pues de la misma forma la mujer sirofenicia es una figura decisiva para todo el mundo pagano.

Dos, una pagana que reconoce el señorío de Jesús

Cuando le habla, la sirofenicia reconoce a Jesús como el ‘Señor’ (en griego ‘Kyrios’). Ningún otro ser humano llama a Jesús de esta manera en el evangelio de Marcos. Y era una pagana. Este reconocimiento muestra la alta comprensión que tiene de Jesús.

Esta mujer fue muy lejos, hablaba con Jesús e intercedía ‘postrada’ a sus pies (7,25) reconociendo su señorío. ¿Cómo hablo yo con Jesús?

Tres, una mamá que entiende desde el dolor el corazón de Dios

Lo que la mujer sirofenicia logra con Jesús es abrir su corazón al hambre y al dolor de todos los niños, los que están en Israel, en el Líbano, en Baranoa o en cualquier lugar del mundo donde la gente la está pasando mal.

Para todo ser humano el hambre es igual, el dolor es el mismo, pero también idéntico es el amor de una madre, independientemente de su estrato, cultura o religión. El dolor de una madre por su hijo enfermo o viciado o perdido, es indescriptible. Y esta mujer siente el latir del corazón de Dios en lo profundo de sus heridas.

Esta madre, con sus palabras, le dice a Jesús: ‘Tú no viniste solamente por la gente de Israel, tu eres pastor de todo el dolor del mundo’.

En fin…

Esta mujer conoció al Dios del Reino desde su corazón de madre, lo conoció desde dentro, no desde la teología ni de un sistema religioso. Ella entendió que el Dios del Reino es un papá-mamá que lleva dentro el dolor de sus hijos, que es el Señor de una casa donde nunca nadie debiera ser despreciado, donde ninguno jamás debiera pasar hambre.

¡Qué gran lección nos da la señora de los perritos! Una mujer que sabe que por experiencia que Dios es padre-madre y que es feliz cuando ve a una madre, cualquier madre, abrazada a la carne de su carne, finalmente sanada.