Lectio ‘Palabra vivificante’. P. Fidel Oñoro cjm

Mc 7,14-23: Trabajar el corazón

Jesús había atravesado los lugares del dolor, enfermos y atribulados en el espíritu. Para mucha gente bastaba tocar el borde del manto para degustar, más que una curación física, de una salvación interior.

Ahora, en cambio, Jesús se encuentra ante gente de formalismo vacío que parece no captar lo fundamental. ‘Su corazón está lejos’, les dijo, citando al profeta Isaías. Es como si dijera que Dios no está presente donde no está presente el corazón.

El peligro que Jesús más teme es el del corazón ‘alejado de Dios’ y de los pobres. ‘El verdadero pecado para Jesús es ante todo el negarse a participar en el dolor del otro’ (J. B. Metz).

El verdadero peligro es el corazón de piedra, endurecido.

Y es sobre el corazón que Jesús coloca la base de la auténtica observancia, de la sintonía con el querer de Dios. Ese es el tema de esta parte de la enseñanza.

Para ello vuelve a cambiar de interlocutores. Notemos a quién les habla y qué les dice.

– A quién les habla: En primera fila se sitúan ahora la gente y sus discípulos.
– Qué les dice: Enseña que el primer terreno de trabajo del discípulo es su propio corazón. En esa escuela se aprende a mirar hacia fuera y hacia dentro.

Veamos primero lo que Jesús dice a la gente sobre el ‘hacia fuera’ y luego lo que dice a los discípulos sobre el ‘hacia dentro’.

1. El ‘hacia fuera’

Jesús pronuncia una enseñanza sobre el corazón, una espiritualidad que va en la línea de la interioridad: ‘No hay nada fuera del hombre que, entrando en él, pueda hacerlo impuro. Lo que realmente hace impuro al hombre es lo que sale de él’ (7,15).

En pocas palabras: Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre.

Enseguida lo va a aclarar.

2. El ‘hacia dentro’

Quizás sea mejor decir: ‘desde dentro’. Dice Jesús que ‘Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Jesús empieza esta última parte de la enseñanza con un jalón de orejas a los discípulos:

‘¿Tan torpes sois también vosotros? ¿Es que no comprendéis que todo lo que entra de fuera en el hombre no puede contraminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?’.

Y comenta el narrador: ‘Con esto declaraba puros todos los alimentos’.

Jesús afronta todo prejuicio sobre lo puro y lo impuro, esos prejuicios que son duros de morir, que discriminan entre lo puro y lo impuro.

Toda cosa es pura: el cielo, la tierra, todas las comidas, el cuerpo del hombre y de la mujer. Como está escrito: ‘Dios vio que toda cosa era buena’ (Gn 1,31).

Jesús reitera que toda realidad creada en sí es pura. Bendice de nuevo todo lo creado, incluyendo la sexualidad humana, que uno asocia enseguida con el concepto de pureza y de impureza.

Jesús atribuye al corazón la posibilidad de hacer puras o impuras las cosas, de ensuciarlas o de iluminarlas.

Jesús deja claro dónde está el problema: uno ve según lo que el corazón siente. El corazón humano tiene la capacidad de ensuciar o de iluminar las cosas. Es hasta la raíz que hay descender.

‘De dentro del corazón salen…’

Con el hecho de entrar en el corazón, cultivar interioridad, no es suficiente.

La cuestión que queda pendiente es cómo ejercitar esa justa sanacion del corazón del hombre, tan impulsivo y tan expuesto al mal.

Porque lo que pide cura urgente es esa torpe ansiedad por aferrar la vida a toda costa, y a veces como sea, sin hacer un maduro discernimiento.

Es esa necesidad de seguridad mal administrada, que confunde vivir con viveza, progresar con prevalecer sobre otros.

Luego, cuando Jesús hace un elenco de doce cosas malas que hacen impura la vida (7,21-22), lo que busca es ayudarnos discernir y a purificar la fuente, a evangelizar nuestras zonas de dureza y de egoísmo.

Para superarlo, entonces, se necesita discernimiento y purificación.

…Discernimiento…

Jesús invita a parar y tomar conciencia del cuadro clínico del propio corazón.

Si nos miramos por dentro encontramos de todo, también cosas de las que nos avergonzamos.

El diagnóstico no resulta de los mejores: ‘malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad’ (7,21-22).

Y como si fuera poco, todo tapado bajo la refinada capa de la doblez, del doble juego, de la hipocresía que encuentra excusas para todo, o peor, que por auto-afirmación intenta probar la propia inteligencia, que se es astuto y muy capaz.

Es la raíz y el método de lo que acertadamente se ha llamado ‘corrupción’ y que Jesús describe con el sarcasmo del inodoro.

…Purificación…

No se limpia el interior con ritualismos. Ya quedó claro que no son las prácticas externas las que purifican, es más fácil lavar las manos que trabajar la interioridad consciente: nuestras maquinaciones, sentimientos e impulsos.

Agregamos ahora que para limpiar se necesita la mirada de Jesús.

Su mirada de perdón sobre la mujer adúltera, sobre María Magdalena, sobre Pedro arrepentido, es siempre una mirada que transforma, que hace abandonar el pecado pasado y nos abre a un futuro bueno.

Pues sí, trabajar la interioridad es más importante que los rituales religiosos. Es más fácil lavarse las manos que purificar las intenciones dejándose limpiar a fondo por las lágrimas del arrepentimiento.

Entonces ocurre que, para quien tiene un corazón habitado por el Señor, no hay lugar ni persona que pueda contaminarle.

Este mundo lo pueden transformar los buenos (desde dentro), no los corruptos.

Y finalmente, cultivar lo bueno.

Del corazón que acumula avidez, odio, rencor y envidia, no se puede esperar más nada.

Pero quien cultiva humildad, pacificación interior, gratuidad, y se deja amar, irradiará esa benevolencia que tanto embellece la vida y hace feliz el mundo.

Quien vive y respira con sencillez de corazón y acertada elección de vida en la sobriedad y el compromiso con el otro, antoja de estar a su lado porque se está verdaderamente cerca de Dios.

Este es el mundo nuevo que quieren cultivar los discípulos de Jesús.