Lectio ‘Palabra vivificante’. P. Fidel Oñoro cjm

Jn 5,31-47: ¿Qué luz me acompaña en estos días?

A veces preferimos el calor de otras lucecitas a la rotundidad de la Luz de Dios. Es el llamado de atención que hace Jesús en el Evangelio.

Después de la curación del paralítico de la piscina se generó una discusión acerca de Jesús como el enviado de Dios. Sus adversarios lo ponen en duda. La emprenden contra él porque, según ellos, quiere legitimar su transgresión del sábado con base en su relación filial con Dios (ver Jn 5,19-20.23).

Salta al aire entonces la cuestión: ¿Qué testimonios pueden demostrar la verdad de su filiación divina y de su misión en el mundo? Y de aquí deriva una segunda: ¿Por qué a pesar de ello hay gente que no cree, en qué radica la incredulidad?

Veamos cómo la enseñanza de Jesús aborda estas dos cuestiones.

1. Los testimonios que invitan a creer en Jesús (Jn 5,31-40)

El libro del Dt 19,15 estableció el principio jurídico de que nadie puede atestiguar a favor propio y que hay que presentar evidencias. Jesús entonces presenta tres testigos de su relación particular con el Padre Dios.

El testimonio de los tres, remite a uno solo. Jesús dice se que se trata del testimonio verdadero y auténtico de un ‘Otro’: ‘Otro es el que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí’ (5,32). ¿Quién es este otro? Al principio lo deja en suspenso y al final lo revela: es el Padre Dios (5,37).

Repasemos estos tres testimonios.

El primer testigo es Juan Bautista (5,33-35).

Jesús presenta a Juan Bautista como ‘El que ha dado testimonio de la verdad’ (5,33). Al comienzo de este evangelio, una delegación fue a entrevistarlo y fue así como lo consideró (Jn 1,19).

Precisamente, en el prólogo del evangelio, el Bautista fue ante todo como un ‘Testigo’: ‘Él vino como testigo, para dar testimonio a favor de la luz’ (1,7).

Ahora bien, ¿De qué luz se trata?

Si bien Jesús no necesita que otros le convaliden la misión, para los judíos el testimonio de Juan tenía consecuencias. Juan no sólo predicó una conversión que allanaba el camino a Dios, sino que él presentó al Mesías. Él era solamente una voz, pero la Palabra era Jesús (así comenta San Agustín). Si se atendía a la primera parte de la predicación, había que escuchar lo que seguía.

Pues sí, ellos se entusiasmaron con su predicación. Pero no fue más que un frenesí momentáneo, como ocurre con tantas emociones humanas (5,35b). No se percataron de que él era la lámpara que hacía presagiar una luz más intensa y plena: la luz de Jesús.

Jesús retrata a Juan como una ‘lámpara que ardía y resplandecía’ (5,35a). La lámpara es la mediación, el recipiente, la luz que brilla no es él.

Juan, entonces, era ardoroso. ¿Por qué? Porque era el ‘amigo del esposo’, estaban unidos por una relación entrañable, como un amigo que goza en la conversación con su mejor amigo (Jn 3,29).

La luz que brillaba en Juan no era propia, era su relación con Jesús. Esa luz resplandecía en medio de la tiniebla como una guía para iluminar a todos los que se encaminaban hacia la única luz verdadera que es Jesús, el Mesías.

El segundo testigo a favor de Jesús son las obras que él lleva a cabo (v.36).

Las obras (los ‘signos’) solas no son suficientes para despejar las sospechas sobre si Jesús proviene de Dios o no (9,33). En los mismos evangelios vemos una y otra vez cómo los milagros pueden se acogidos de una forma o de otra.

De todas maneras todas sus acciones algo indican, hay que saber leer su mensaje y lo que dicen con respecto a la identidad de Jesús.

Aquí no se trata de cualquier obra. Precisamente las obras que Jesús lleva a cabo, como los mismos judíos están de acuerdo, son las sólo puede a llevar a cabo el Padre Dios: ‘dar la vida’ y ‘juzgar’ (ver el pasaje anterior, en Jn 5,21-22.24-26). Estas testiguan sin sombra de duda que Jesús tiene su origen en Dios Padre.

Esto nos remite al tercer testigo, el más importante: ese ‘Otro’ que es el Padre Dios (5,37-38).

Es de él que recibe todo testimonio, se dijo al comienzo (5,32). Pero parece que sus oyentes no se dan cuenta, porque el ‘Logos’, la Palabra de Dios, no habita en ellos (5,38).

Los judíos, tan orgullosos de la Torá, dan por descontado que poseen la Palabra de Dios, porque han sido sus primeros destinatarios. Pero resulta ahora que, al no creer en Aquel que el Padre ha enviado, demuestran que esa Palabra no ‘habita’ en ellos.

Lo que Jesús dice es fuerte, muy fuerte: sus oyentes no habrían escuchado jamás la voz de Dios ni habrían contemplado el rostro de Dios (5,37). Es una tremenda ironía decir que aquellos que hablan de Dios, no tienen ni idea de él porque no han tenido trato directo con él.

Esta frase no es una desautorización del judaísmo. Lo que Jesús está diciendo es que él y sólo él ha oído directamente la voz de Dios y ha contemplado su rostro (Jn 1,1-2.18).

De todas maneras, nos llama la atención sobre un riesgo. Se puede tener la Palabra de Dios y no escucharla, es decir, tener los textos sagrados a la mano, pero no lograr su finalidad, esto es, oír y contemplar realmente a Dios y entrar en relación vital con él.

Es más, la advertencia de Jesús nos hace caer en cuenta que el texto sagrado puede llegar a convertirse en un ídolo que se utiliza cuando conviene (tal o cual bendición o promesa), pero sin ir a fondo, sin entrar en una relación bonita, amigable, transformadora, con Dios, como hizo Juan con Jesús.

Esto que Jesús dice no es ninguna novedad en la Biblia. Esta resistencia para una verdadera escucha del Señor había tema de la predicación de los profetas. Por ejemplo: ‘No quisieron caminar por los caminos del Señor y escuchar su Ley’ (Is 42,24); o ‘Te has rebelado contra el Señor, tu Dios, y has prodigado tus amores con extraños, bajo cualquier árbol frondoso, sin escuchar mi voz’ (Jer 3,13; también Jer 3,25; 7,24.28; 9,12; 32,23; 40,3; 42,21; 44,23… La lista es larga)

Pero el llamado de atención de Jesús sobre el uso de la Escritura va más allá. Las mismas Escrituras de Israel también anunciaban al Mesías. La misión de Jesús ya había sido predicha en las Santas Escrituras de Israel. El AT tiene, dicho en términos técnicos, un significado cristológico. Este sentido madurará en las catequesis de Jesús a sus discípulos después de la resurrección (como anticipa Jn 2,22; 12,16).

Pues bien, a pesar de tener esta luz de la Palabra, los adversarios que enfrentan a Jesús no llegan a él (la expresión ‘Venir a mí’ en Juan es sinónimo de ‘Creer) y no reconocen lo que le caracteriza: su íntima unión con el Padre Dios, en la cual radica su envío al mundo para darnos vida.

2. La causa de la incredulidad (Jn 5,41-47)

La segunda parte del discurso de Jesús (5,41-47) aborda de frente ante el hecho de la incredulidad por parte de su auditorio judío. Pero la cuestión no es contra es ellos, es una interpelación para el lector: ¿Por qué somos tan tercos y duros para abrirnos a esta novedad, esta mano tendida de Dios en Jesús de Nazaret?

Jesús hace caer en cuenta que lo que provoca la incredulidad no proviene de un defecto de conocimiento o por falta de información. En esto a veces nos equivocamos en la evangelización: no es dando más y más informaciones ni de insistir con cantaletas. No es así como la gente cambiar.

Jesús va a la raíz del problema. ¿Se trata de qué? De un problema de orientación moral, de opción fundamental de la vida. Los antiguos profetas se habían fijado precisamente en ese punto en su predicación: la interpelación de la vida.

A la raíz de la incredulidad está el rechazo de un amor, del amor de Dios hacia los hombres, quien viene a nuestro encuentro personalmente en su Hijo Único. El problema está en el no querer dejarse tocar por un amor, este amor de Dios ofrecido con ternura y tenacidad, con constancia y sin cansancio.

La Palabra y el amor de Dios, que debían constituir la brújula del pueblo, no encuentran receptividad en el corazón. Y esto a pesar de que buscan afanosamente vida en las Escrituras (5,39).

Escruta la Biblia, sí, pero ¿qué buscan?

Jesús destapa una verdad del corazón humano: ‘¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no queréis la gloria que procede del único Dios?’ (5,44).

No buscan la gloria del único Dios, sumergirse en la inmensidad de su amor. La fuente de realización personal es otra. Se contentan con recibir la gloria y la fama unos de los otros. Y resulta que cuando el ser humano busca la propia gloria y deja de lado la gloria de Dios, pierde su propia grandeza (ver el Salmo 8,5-8).

Esta segunda parte de la enseñanza de Jesús se comprende mejor a partir un ejemplo tomado el mundo de la diplomacia. Es en él que Jesús parece inspirarse. Cuando dos países son amigos intercambian un embajador, y cada uno es recibido con respeto y honor en nombre del entero país. Cuando estos países pelean, retiran el embajador. Esto es lo que dice Jesús: ‘Al recibirme a mí, estás recibiendo al mismo Dios. Y cuando me rechazas…’. Saca tú la conclusión.

En fin…

Volvamos al punto de partida: a veces preferimos el calor de otras lucecitas a la rotundidad de la Luz de Dios.

Juan Bautista gozó de esa luz y la irradió en la lámpara de su misma vida. Esa luz brilla y sigue brillando en todo lo que Jesús hace por mí. Esa luz es Jesús, su fuerza y su calor es el mismo amor del Padre y el Hijo en el que, con el apoyo del Paráclito, soy invitado a gozar y a perderme infinitamente en él.

¿En estos días, en quién apoyo mi confianza? ¿Veo a Jesús como mi luz y en quien encuentro vida, vida plena en un amor que da reposo a mi corazón?

Hay un canto bello y sencillo que convendría repetir: ‘Hay una luz delante de ti, que espera por ti, que espera por mi…’.