Mateo 11,20-24


En labios de Jesús, escuchamos hoy un reclamo y a la vez una denuncia que nos pone en situación de análisis, al respecto de un asunto fundamental: ser conscientes o no de las bendiciones que hemos recibido y pensar qué hemos hecho todo lo que nos ha dado Dios.


El gran reclamo de Jesús, se basa en hacernos caer en cuenta que las ciudades sobre las que ha descendido la bendición, son ciudades que aún no se convierten y que son lugares donde aún la iniquidad y el desequilibrio siguen gobernando.
Ay de ti, que no has acogido la bendición de Dios y persistes en prolongar la estela de pecado y de oscuridad que posiblemente está nublando tu juicio y que te deja sin respuestas oportunas, ante los retos de la vida.


En días pasados, la conferencia Episcopal de Colombia ha entregado una seria reflexión sobre los pasos que deberíamos dar como colombianos hacia la superación de algunas dificultades históricas y casi enfermizas, en el contexto de la actual pandemia y que nos han afectado durante mucho tiempo.


“Algunas de estas “pandemias históricas” se han acentuado duramente en este tiempo: la ya profunda brecha social, la pobreza, el desempleo, la marginación y la falta de oportunidades para las comunidades más vulnerables, las deficiencias estructurales delos servicios de salud y de educación, la corrupción tanto pública como privada, el narcotráfico y el microtráfico, el asesinato de líderes sociales y todos los atentados contra la vida y la dignidad humanas, los actos contra la naturaleza y la infraestructura y, sobre todo, la guerra, la violencia y la muerte en sus diversas formas y expresiones.” Conferencia Episcopal de Colombia, Julio 9 /2020


Con total seguridad, creo que si el autor sagrado estuviera redactando en este momento la perícopa mencionada al inicio el texto diría más o menos algo así : “¡Ay de ti Colombia! Que asesinas a tus líderes sociales, ¡Ay de ti Colombia! Que explotas a tus campesinos, que no educas a tus niños, que te robas el dinero de la salud, que promueves la corrupción y la violencia, que consientes el pecado y el maltrato ¡Ay Colombia¡ Que callas las injusticias y las permites en todas tus esquinas” Si; pareciera un panorama que se ha anunciado desde la escritura y que lo vemos actualizado en cada calle o en cada titular de noticiero en este 2020.


Esta realidad debe detonar en nosotros un sentimiento reaccionario y de libertad, que nos ubique en una sensibilidad especial por el que sufre, movilizándonos en un gesto amplio y de preocupación, que desarrolle en nosotros una gran pregunta que se convierta en una actitud y consigna de vida ¿Cómo aporto para cambiar esta realidad?


Debemos enfocarnos hacia un reto: el reto de la solidaridad, el reto de prestar nuestras manos para la construcción de un nuevo país. Tendríamos que soñar y realizar la misión del establecimiento de la paz y la Justicia, un poco quizá con el profeta Isaías (2,2-5) para demostrar que seremos capaces de convertir los instrumentos de la guerra, en instrumentos de construcción.


¡Ay de ti! Que pudiendo ser solidario no lo eres y todavía el sufrimiento de los demás se te convierte en paisaje, dejando de lado la premisa fundamental del buen Dios que nos ha creado para un propósito, el propósito de la misericordia.


Este Ay de Jesús, es el Ay de los humildes, de los que no han tenido una voz; un Ay que se convierte en un grito desde el alma, un grito que ha sido callado históricamente por aquellos que únicamente defienden sus intereses, utilizando el poder y sus estructuras para su beneficio.


No pretendamos silenciar los gritos de auxilio que emite nuestra Iglesia, que emiten los pobres que emiten los adoloridos, movilizándonos hacia la construcción del reino de armonía pensado por Dios y explicado por Jesús en el Evangelio.


En vez de silenciar los gritos, alcemos la voz para que se escuche un Shemá Colombia y se conozca por todos los rincones, un mensaje misericordia y justicia, como el mejor antídoto que sane la pandemia social que nos puede vencer, si no reaccionamos ahora mismo.