Cuando nos acercamos a alguien para compartirle el mensaje de Salvación, nos dicen que ellos también son hijos de Dios. Pero, hay una manera de saber si en verdad esa persona es un verdadero hijo de Dios. En su enseñanza en el espacio de Hoy es tu día, el padre Javier Riveros, director de la Emisora Minuto de Dios Bogotá y Medellín, nos ilustra sobre cómo distinguir a un verdadero hijo de Dios.

En la carta que Pablo le escribe a los Romanos, en el capítulo 8, versos del 14 al 17, el apóstol hace un llamado a los cristianos en Roma a vivir conforme al Espíritu pues al recibirlo, son libres de las obras terrenales y hechos hijos de Dios. “Somos hijos de Dios cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo”, nos dice el padre eudista; esa es la clave que distingue a un verdadero hijo de Dios de uno que aún no ha recibido en su corazón la Gracia de la Salvación de Cristo. Podemos sentirnos agobiados, heridos o apesadumbrados; pero la manera en cómo reaccionamos frente a estas circunstancias es lo que define nuestra autenticidad en Cristo. “Los hijos de Dios no nos dejamos guiar por las emociones del momento”, el grado de madurez espiritual se manifiesta cuando escuchamos la voz del Espíritu Santo, le permitimos que tome el control de las situaciones y sea Él quien las lleve a buen término.

Así mismo, “debemos ser dóciles al actuar del Espíritu Santo en nosotros, evitemos bloquear su Obra constante en y a través de nosotros porque cuando hacemos esto, nos colocamos en una posición de vulnerabilidad muy alta” nos insta el @padreriveros.

Somos hijos, no esclavos y como tal se nos ha dado un espíritu nuevo dentro de nosotros, un espíritu que participa de la comunión permanente con el Espíritu Santo y esto se ve reflejado cuando vamos a la batalla con Dios y las habilidades que el Espíritu Santo ha desarrollado en nosotros son poderosas en el plano espiritual y visibles en el plano terrenal. “Ir a la batalla sin el Espíritu Santo es una derrota anunciada, una caída inminente”

Clamemos a Dios con la confianza de hijos del Altísimo que somos. Liberemos nuestra mente de las ataduras de la esclavitud del pecado y adoremos con un corazón agradecido, lleno del Poder y la Gracia del Espíritu Santo, hijos herederos en Cristo de las riquezas del Padre.

“Gracias Señor por hacernos tus hijos legítimos, liberados a precio de Sangre y siervos por amor a Ti. Hoy nos aferramos a tus Brazos y unimos nuestras voces al Espíritu Santo para clamar ¡Abba Padre! Te amamos, Papá Dios. Amén”