El señor a través del Evangelio de Mateo 11, 20-24 nos hace un llamado de atención acerca de la conversión en la imagen de dos ciudades de las que Jesús se lamenta y hace una advertencia: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón que eran ciudades paganas se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza”
Jesús ha hecho muchos milagros, muchas expresiones de su amor en estas ciudades, pero sin embargo no recibe la conversión de corazón por parte de sus habitantes. Esto nos puede estar pasando actualmente a nosotros también, estar rodeados de milagros y no cambiar, no creer, no convertinos; o podemos estar pidiendo milagros y bendiciones, y aunque si llegan a nuestra vida, nosotros no nos convertimos a Él, seguimos sin ningún cambio en nuestra vida.


La conversión es lo primero, lo realmente importante, lo que el mundo y lo que la iglesia necesita es conversión, ese cambio de corazón y de vida, para que tengamos un estilo de vida, diferente, de acuerdo a la Buena nueva del Evangelio, no centrado en nosotros, nuestro poder, deseos o autoridad, ni en la ambición o la envidia, por el contrario se caracteriza por la generosidad, bondad, el don, compartir, perdón, honestidad, fe, oración, servició, justicia.


Este tiempo es fuerte, pero al mismo tiempo es de gracia y bendición, no vamos a cambiar por arte de magia, o porque hay pandemia y las circunstancias se ponen difíciles, la única manera de cambiar es abrir el corazón y pedir a Él la gracia de su conversión, que nos libere de todo mal, de aquello que nos daña y daña a los demás y nos regale un corazón nuevo, transformado, liberado, sano, reconciliado y en paz.


Solo Dios puede cambiar nuestro corazón, que nadie se sienta demasiado avanzado en los caminos del Señor, porque entre más se avanza en ellos, más se da cuenta que necesitamos cambios, que necesitamos conversión. Ni la sobrades, la vanidad, la prepotencia, o el creernos superiores a los demás, todos necesitamos de Dios de su amor y su gracia en nuestra vida, nuestro Dios es santo y nos ha llamado a la santidad, es la posibilidad de una vida mucho mejor que conduce a la vida plena que trae felicidad y gozo.


Pidamos a Dios para que hoy y siempre por su gracia podamos vivir felices y santos, con el corazón santificado, purificado. Milagros hay muchos para tu vida y para todos nosotros para salvarnos, ahora lo que necesitamos es convertirnos a Él y dejarnos transformar por Dios.