Ahora que somos hijos de Dios, el Señor nos hace participes de su Gracia y de todas las bondades en Cristo Jesús. En la motivación de hoy, en el programa Hoy es tu día, el padre Javier Riveros, sacerdote eudista, nos trae una palabra que nos recuerda la gran bendición que es ser llamados y constituidos hijos del Dios Altísimo.

Continuando con su enseñanza a partir de la carta a los Romanos, en el capítulo 8; versículos 17 y 18, el padre Riveros nos revela una verdad irrefutable: Los hijos de Dios somos herederos de todas las cosas, coherederos con Cristo y de Cristo. Qué gran verdad, y muchas veces la olvidamos porque inclinamos nuestros oídos a la voz de las circunstancias adversas que estamos viviendo y dejamos que sean ellas las que determinen nuestro futuro. Esto, es un error común pero corregible; basta con estar en comunión constante con el Padre, pedirle que coloque sobre nosotros su Santo Espíritu para que nuestro espíritu sea vivificado y nuestra conciencia espiritual de hijos despierte. Recordemos lo que en días pasados nos dijera el @padreriveros: “Los hijos de Dios no nos dejamos guiar por las emociones del momento”. Ahora, somos hijos del Espíritu y como tal andamos en el Espíritu.

Al aceptar a Cristo como nuestro Señor y el Salvador de nuestras vidas, el Padre en su Infinito Amor nos entrega en heredad todas las promesas contenidas en su Palabra, la Biblia; promesas que tienen cumplimiento aquí y ahora para gloria del Padre, (2da Corintios 1;20). “La herencia de Dios no es corruptible, al contrario, es infinita, eterna y gloriosa. Nuestra fe en Cristo nos ha hecho herederos de Dios” afirma el padre Javier Riveros, director de la Emisora Minuto de Dios Bogotá y Medellín.

Tengamos presente que al heredar todas las cosas en Cristo, también heredamos a Cristo; esto es tanto las victorias de Cristo como los padecimientos por causa de su Nombre. Pero no temamos, antes bien, llevemos con gozo nuestra cruz, pues el Señor ha prometido el galardón a todos los que le aman por encima de las vicisitudes de la vida.

Entremos con libertad ante el Trono de la Gracia (Hebreos 1;16), no solamente en momentos de necesidad y angustia, sino también para adorar y para pedir al Padre por medio de nuestra fe en Cristo, el cumplimiento de las promesas contenidas en su Palabra. Recordemos que Él nos dice: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24;35).

“Te alabo Señor por rescatarme de una vida sin Ti, cambiar mis vestiduras, mi nombre y hacerme hijo Tuyo. No hay mayor honor que vivir y morir por Ti. Mi Cristo, Tú eres mi heredad y en Ti lo tengo todo. Hoy me apropio de Tu Palabra y decido caminar en tus mandatos. En ti Soy lo que Tú dices que soy y tengo lo que Tú dices que tengo. Gracias por darme una identidad en Ti. Amén”