La Lectura del profeta Oseas 2, 16.17b-18. 21-22, nos plantea la relación de Dios con su pueblo, como una relación de pertenecía mutua, de exclusividad y entrega total.


Sus Palabras nos hablan y nos ayudan un poco en el contexto que estamos viviendo “le llevaré al desierto y allí la enamoraré de nuevo”, el desierto es un lugar de sequedad, de muerte, y puede ser muy semejante al que nosotros estamos atravesando, un tiempo con unas características especiales económicas y sociales, tiempo de dificultades, que nos ha de llevar a una mejor situación. Dios se nos está revelando ahora de una manera especial, nos está hablando al corazón, enamorándonos de nuevo.


Nosotros estamos aprendiendo a depender totalmente de Él, está lectura cobra mucho significado para este momento. Cada uno atravesamos nuestro propio desierto, pero no podemos olvidar que el desierto no vale por él mismo, este tiene sentido porque está en el camino a la Tierra prometida, es un medio, pero nuestra mirada debe estar en el destino, es un paso obligado para ir a un lugar. No puede ser ni un estado, ni una manera de vivir.


Como todos tenemos etapas de la vida espiritual, de relaciones personales, e incluso en nuestra cotidianidad donde atravesamos por esos momentos de desierto, de resequedad. Y este lugar nos hace mucho más sensibles a la Palabra del Señor, Dios aprovecha este espacio para volvernos a hablar, sabiendo que en el desierto no hay muchas distracciones, ni comodidades, no hay facilismo, se tiene solo lo necesario e incluso a veces ni eso; los días transcurren lento, y suelen ser muy similares, por eso es más fácil escuchar durante este tiempo.
Sigamos este camino en paz y tranquilidad y no olvidemos que este desierto está puesto en el camino hacia la liberación, es un paso obligado, pero no es el definitivo.