Hoy Dios nos hace un gran llamado a que nos entreguemos a su infinito amor, en cuerpo y alma, para que a través de la oración y en el nombre de Jesús recibamos la fuerza del Espíritu Santo. Porque no hay fuerza mayor que el amor y la gracia de Cristo.

Debemos entender primero que la fuerza no proviene de factores económicos, materiales ni sociales, ya que la verdadera fuerza la provee espiritualmente nuestro Señor; debemos salir de nuestras tristezas, amarguras y dolores aceptando y descubriendo en Dios nuestro verdadero valor, dignidad y esperanza. Tenemos que saber que nuestra fuerza no es corpórea, sino espiritual a través de Dios nuestro Señor, que a su vez llena de fuerza nuestra vida espiritual.

Aprovechando la oración podemos acercarnos más a Él, así como nos recuerda la Palabra de hoy con la reflexión de 1 Sam 2,1, que nos muestra a través del ejemplo de Ana quien encontró la fuerza de Dios a través de la oración, pidiéndole un hijo que sería ofrecido para la gracia del Señor; al igual que ella debemos basar nuestra fuerza en Dios, así nos sintamos débiles o desprotegidos, ya que sólo Él nos dará fuerza hoy y siempre. Ana estaba llena de amargura, pero aun así oró al Señor y clamó por un hijo que prometió a su servicio; en medio de su aflicción nos enseñó la importancia de la oración en tiempos de pruebas.

Cabe resaltar también que debemos ser fieles a Dios y cumplir con nuestra palabra, así como Él siempre cumple la suya, debemos tener la alegría de vivir en un constante pacto de felicidad y amor con nuestro Señor. El llamado es y seguirá siendo a que todos encontremos la bendición y la fuerza para vivir otro día bajo su amor, dándole siempre todo honor y alabanza y siendo fieles a su amor.