Dios nos ama y constantemente ilumina de diferentes maneras nuestras vidas, a través de pequeños detalles que diariamente nos recuerdan el valor que tenemos para el Padre celestial, Él quiere que nos renovemos constantemente en su infinito amor y Pentecostés será el momento en el cuál podremos hacerlo definitivamente.

El padre John Mario Montoya, nos ha recordado hoy a través de su reflexión en #UnSacerdoteEudistaTeAcompaña, el valor y la relevancia del Espíritu Divino del Señor en nuestras vidas, y ha traído también la buena nueva del Pentecostés, festividad por medio de la cual nos bañaremos en regocijo con el Santo Espíritu del Señor.

Que la presencia del Señor se manifieste en donde estemos a través de su Espíritu, dejemos que se mueva dentro de nosotros y que llegue a nuestra alma, para que allí reconozcamos en nuestro interior la fuerza del poder infinito y del bendito amor de nuestro Padre celestial; no debemos nunca sentirnos inferiores o afligidos pues tenemos una gran bendición y es el amor de Dios, debemos siempre recordar que nuestra más grande riqueza es ser hijos de Dios y por medio del Espíritu Santo que nos relacionamos con Él como con un Padre misericordioso, un maestro de vida que nos acepta con nuestros errores y que busca ante todo que podamos seguir su camino y sus enseñanzas, para que así vivamos bienaventurados y podamos gozar de vida eterna.

La Palabra nos trae hoy una reflexión que además de interesante, reconforta el alma; no vivamos como esclavos, sino como hijos de Dios, sigamos su Palabra, estando seguros de que estamos viviendo con el Señor. Aquí nos queda más que claro que ante todo, debemos reconocernos nosotros mismos como sus hijos, y actuar como tal, no debemos bajo ninguna circunstancia alejarnos de sus enseñanzas o de cometer actos que puedan atentar contra su doctrina de amor, porque Dios es la llave de nuestra felicidad, a través de Cristo nuestro Señor nos ha regalado la oportunidad de estar más cerca del Espíritu Santo que interviene por nosotros, y de quien debemos bañarnos en gozo, pues es la mayor bendición del Padre celestial.