La felicidad ha terminado siendo un resultado y no un camino, conforme la historia de la humanidad redujo la felicidad al solamente tener y la alejó del crecer.

El Evangelio de Lucas en el capítulo 11, versos 27-28, nos antepone un reto frente a la real garantía de la felicidad, y cómo esta debe ser entendida.

La felicidad para el hombre, consiste según el texto, en solamente escuchar la palabra de Dios y practicarla.

Suena aparentemente sencillo, pero son dos gestos compatibles, pero tremendamente delicados y a veces erramos en la proporción del cómo hacerlo.

La escucha de la palabra es algo más que un ejercicio pasivo de recepción de un mensaje y debería convertirse en un gesto de constante reflexión para tratar de entender lo que Dios quiere y aplicarlo en la vida cotidiana.

La felicidad como fin último, como resultado, limita el proyecto de vida, porque terminamos preocupándonos más por el “cuándo” seremos felices hasta que obtengamos no se qué cosas y perdemos el ahora para estar “siendo” felices, con cada cosa que hacemos y vivamos.

De ser así, estas pueden ser algunas ideas para construir y vivir un estado de felicidad, a la luz de la palabra y de la experiencia en la comunidad.

  1. Somos felices, en tanto servidores: El servicio es el mejor camino a la felicidad, porque el servicio me pone en situación con el otro, con el necesitado, con el hermano, con el prójimo. Servir, me sitúa en un sitio y en una actitud de apertura con la vida y con lo que me rodea, para asumir una posición de entrega. En tanto sirvo, construyo mi felicidad y la de otros.
  2. Somos felices, en tanto somos humanos: Debemos recuperar el valor de la humanidad. No podemos atemorizarnos de lo humano, vistiéndolo de “pecado”, convirtiendo lo que nos caracteriza, en condiciones o señalamientos, que terminan tergiversando el objetivo del Evangelio: salvar. Podemos ser felices tal y como somos, en nuestra totalidad, sin “editarnos” y es desde nuestra humanidad desde donde más crecemos, porque al ir ordenando los aspectos que necesitemos revisar de nosotros mismos, e ir cambiando lo que nos pesa, esa tarea nos conduce por un camino mas recto al ser feliz.
  3. Somos felices por sabernos hijos de Dios: La revelación de Dios en Jesús, el cumplimiento de sus promesas puestas en acción en la palabra, nos sitúan en un sitio invaluable: Hijos, del que todo lo puede. Esa afirmación, debe conducirnos a la construcción de nuestra felicidad, porque si nos concebimos protegidos y amados por el Padre del cielo, las situaciones de la vida que quizá sean adversas, se podrán resolver mejor y se pueden asumir mejor.
  4. Somos felices dentro de una experiencia espiritual: Orar, meditar la palabra, nutrirse de la experiencia de Dios, conduce directamente a la felicidad. El camino espiritual enriquece, ensancha el alma, le inserta a la vida elementos de valor que permiten encontrar respuestas más adecuadas para las realidades de la vida.
  5. Somos felices con otros: la vida comunitaria ayuda en el camino de la felicidad. Caminar con otros, amar a otros, dejarse amar por otros permite buscar y conducirse hacia la felicidad. Vivir en comunidad aún con el componente humano que mencionamos antes y lo que implique a veces tener alguna diferencia con alguien, es un camino hacia la felicidad porque ella se puede vivir con otros, puede ser compartida, la felicidad puede y debería ser en plural.

Que el buen Dios, que nos permite vivir la experiencia y la vida con otros, bendiga este camino y nos conduzca hacia la experiencia del gozo que no se agota, de la felicidad de sentirse salvados y amados.