“El objetivo de la Iglesia, en todas sus funciones, es formar a Jesús en los cristianos” (San Juan Eudes, Vida y Reino): esta máxima consignada en el siglo XVII por el sacerdote francés recuerda la centralidad de la misión de la Iglesia en el mundo. En definitiva, “la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción”, como lo expone el Papa Francisco (Evangelii Gaudium, 14).

Pensar en la Iglesia como la continuadora de la vida mística de Cristo, es decir, como aquella que prologa la presencia de Jesús en medio del mundo, debe llevar al cristiano a contemplar al Hijo de Dios como el gran paradigma de su existencia. No se puede admitir que en la Iglesia se viva de una manera distinta a la que vino a transmitirnos Jesús, imagen del Padre Celestial.

Pero nos llevamos una sorpresa cuando contemplamos a Cristo: tal vez su única característica es que pasó por el mundo haciendo el bien, es decir, haciendo la voluntad de su Padre. Por lo demás no tuvo ningún tipo de relevancia social ni de mayor impacto en las estructuras jerárquicas de su tiempo. Por el contrario, lo consideraron un revoltoso, una persona peligrosa para los intereses del Imperio, una persona alejada de los valores religiosos de su tiempo, a quien había que quitar de en medio.

Y, sin embargo, su revolución sucedió desde el amor humilde, desde el amor encarnado, desde la convicción de dignificar a los hijos de Dios, esclavizados por la vida social, política, económica, cultural y religiosa de su tiempo. Pero esto le costó hasta la vida: “padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado”. Pero el Señor lo exaltó y le concedió la gloria a quien había pasado por la cruz: ¡No hay resurrección sin cruz! Y para el cristiano, tampoco hay cruz sin resurrección.

Cuando la Iglesia recuerda la misión, que es parte fundamental de su ser, debe reconocer entonces a quien es su todo: Jesucristo, contemplarlo a él, pensar como él, actuar como él, vivir como él. Estamos totalmente convencidos que, así como las primeras comunidades cristianas llegaron a la convicción que Jesús era Dios mismo por su proceder en medio de ellos, también hoy, la sociedad descubrirá a Jesucristo cuando la Iglesia viva totalmente a la manera de Jesús.