La revolución antropológica y espiritual que provocó Jesús en su tiempo suscitó varios puntos de vista y posturas frente a su mensaje. Entre estas reacciones están aquellos que no creyeron en la Buena Nueva que él anunciaba de la presencia de Dios en el mundo y aquellos que creyeron en su mensaje, que incluía más que las palabras. Sus seguidores, inicialmente dudosos y preocupados por las implicaciones de la propuesta de Jesús, poco a poco fueron consolidando su fe y esta novedad anunciada por el Hijo de Dios. En efecto, sólo la comunidad pospascual atribuye a Jesús categorías como la de Hijo de Dios y toda una cristología que, desde sus diferentes enfoques (judía, helénica, latina), se aseguró un puesto en la tradición de la Iglesia.

Estos cristianos no eran dueños de grandes catedrales o templos lujosos para lograr un encuentro comunitario. ¡Lejos de eso! El espacio privilegiado consistía en algo pequeño, normalmente en una casa de alguna de las familias. Recordemos que, al inicio del cristianismo, una de las características que les permitió afianzarse en su convicción de fe fue la persecución por quienes los consideraban una secta de dudosa reputación.

Actualmente, la persecución la está dando el virus del COVID-19 y, como al principio, los cristianos, junto con toda la humanidad, nos hemos visto en la necesidad de regresar a nuestras casas: las calles están prácticamente vacías, los templos cerrados, se evita el contacto persona a persona y se toman medidas cada vez más drásticas para evitar una mayor propagación de esta realidad que afecta al universo entero.

Como cristianos estamos invitados a mirar más allá de esta enfermedad: se parte de la convicción que no es algo querido por Dios, sino una realidad que suscita un interrogante de nuestra parte sobre la manera como nos estamos relacionando con todos los seres. El ser humano no es único en el mundo y, sin embargo, se ha puesto en el centro (antropocentrismo). Se trata de revisar, en últimas, las relaciones que hemos establecido con nuestro universo (ontología relacional). Por eso, descubramos este tiempo como una oportunidad para ir también más allá de la “pastoral de los sacramentos”. Para muchos, probablemente este tiempo se reduzca espiritualmente a la escucha de la Misa online y ya. Pero, para el cristiano, es la oportunidad de vivir en plenitud “la Iglesia doméstica, la pastoral misionera en familia”, que le pueda ayudar a acrecentar esa convicción de configuración con Cristo, que motivó a los primeros cristianos.

La escucha atenta de la Palabra, la puesta en marcha de servicios en favor de los demás, especialmente de los afectados por esta enfermedad, la cercanía espiritual a las personas necesitadas de una palabra de aliento y la revitalización de la propia vida espiritual, seguramente nos ayudarán a vivir este tiempo centrados totalmente en Cristo para que toda nuestra vida y no solo espacios concretos, sea una continuación de la vida de Cristo.