Uno de los grandes desafíos y tal vez uno de los fundamentos de la espiritualidad cristiana es el amor. Si se hace un recorrido por los principales acontecimientos de la historia de la humanidad, leída en clave de la presencia de Dios en ella, se puede evidenciar con hechos específicos la manera como Dios ama a su pueblo, no por sus méritos, sino porque quiere hacerlo. En el Antiguo Testamento, Israel siente que el Señor lo ha amado y por eso lo ha elegido: “Yo los amo a ustedes. Pero ustedes responden: «¿Cómo sabemos que nos amas?» El Señor contesta: «Yo los amo por la misma razón que, siendo hermanos Esaú y Jacob, amé a Jacob y aborrecí a Esaú» (Ml 1, 2-3b).

Esta experiencia de elección por amor se manifiesta también en el Nuevo Testamento, cuando san Pablo recuerda el pasaje anterior referido a los dos hijos de Rebeca, para anunciar la salvación del pueblo de Israel: “Antes que ellos nacieran, cuando aún no habían hecho nada, ni bueno ni malo, Dios anunció a Rebeca: «El mayor será siervo del menor.» Lo cual está de acuerdo con la Escritura que dice: «Amé a Jacob y aborrecí a Esaú.» Así quedó confirmado el derecho que Dios tiene de escoger, de acuerdo con su propósito, a los que quiere llamar, sin tomar en cuenta lo que hayan hecho” (Rm 9, 11-13). Esto nos lleva a evidenciar, a partir de solo dos textos –pues pueden encontrarse muchos más- que amar con el Corazón de Jesús trasciende el hecho de esperar recompensa o en orden a los méritos de quien se ama. El cristiano ama sin restricciones.

En la piedad de nuestros pueblos, ha sido evidente la consolidación delculto al Corazón de Jesús. Sin embargo, es necesario comprender que el corazón es un símbolo que representa una realidad más profunda: el amor. Podría decirse que sin amor no hay devoción al Corazón de Jesús. Esta realidad, pregonada desde siglos atrás, fue meditada y desarrollada por el sacerdote francés san Juan Eudes, cuando instituyó el culto litúrgico en el siglo XVII y le valió el título de Padre, Doctor y Apóstol del Culto Litúrgico a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Para este santo, el Corazón de Jesús es “una hoguera ardiente de amor por nosotros. De un amor que purifica, ilumina, santifica, transforma y deifica” (O.C. VIII. 350). Por lo tanto, pensar en el Corazón de Jesús es igualmente pensar en el amor trascendente de Dios que no conoce condiciones y que nos exhorta a amar como él ama.

Si queremos amar con el Corazón de Jesús, tenemos que trascender la mirada egoísta y simple de la vida ordinaria: “El Corazón de nuestro Redentor rebosa un amor extraordinario por los hombres, buenos y malos, amigos y enemigos. El Corazón de Jesús es un amor tan ardiente que todos los torrentes y diluvios de sus pecados no logran apagarlo: las aguas torrenciales no podrían apagar el amor”. ¡Cuánta exigencia será amar con el Corazón de Jesús! Pero, ¡cuánto bien nos hace!

Este 20 de octubre, los Eudistas celebramos la Solemnidad del Corazón de Jesús que, junto con el Corazón de María, constituyen un único Corazón. Celebrar la Solemnidad es comprometerse a amar como Dios ama, porque él nos ha elegido. Y en este compromiso, descubrir que el amor cristiano no se da dependiendo del grado de amor que se reciba: simplemente se dona gratuitamente.0020

Pidamos a Dios que nos ha amado y nos ha elegido que podamos reproducir en nuestra sociedad
su misma vida, amando a nuestros hermanos con su mismo amor.
Oremos:


“¡Llamas sagradas del Corazón de mi Salvador, vengan a encender mi corazón y el de todos mis
hermanos!” (San Juan Eudes).