Hermanos y hermanas, el tiempo pascual nos ha permitido tener más cercanía con nuestros seres queridos y sobre todo con Dios, el aliento de la Palabra del Señor debe ser hoy una fuerza renovadora que nos ayude a sobrellevar la situación que vivimos y tomemos con alegría esta pascua en casa, celebrándola en el confinamiento como discípulos de Dios dedicados en cuerpo y alma a la interiorización de la pasión, muerte y resurrección de nuestro amado Jesús.

Hoy que hemos visto como la vida nos ha cambiado, pidamos a Dios para que Él sea uno solo con nosotros, aferrémonos a su infinito poder y amor. Dejemos que la luz de Dios ilumine nuestras vidas más que nunca, recordemos siempre y nunca pongamos en duda que, aunque la situación parezca difícil y veamos sólo tinieblas a nuestro alrededor, debemos recordar que Dios es nuestra luz y el hogar donde habita el Señor no tiene cabida para el mal.

El cordero de Dios habita en nosotros, le da vida y fuerza a nuestra alma, aunque la muerte pandémica esté afuera, Dios está en nuestro interior, debemos acatar las normas para no correr riesgos y estar confiados que, alimentándonos del amor de nuestro Señor, tendremos la fortaleza para salir adelante juntos de esta crisis que atravesamos a nivel global.

Debemos también recordar el don más bello y sincero que Jesús nos dejó: la misericordia, hoy más que nunca debemos estar cerca de los necesitados y apoyar a todos los pequeños comerciantes que viven el día a día; si podemos llevarle un mercado a alguien que sabemos que no tiene el dinero para hacerlo, hagámoslo y sobre todo busquemos unirnos como hijos de Dios y no dejar en el abandono a ningún hermano o hermana.