¿Y yo por qué busco a Jesús?
Lectio de Lucas 9, 7-9
P. Fidel Oñoro cjm

Tenemos hoy una pequeña escena que prepara el terreno para la confesión de fe de Pedro. Su foco es el interrogatorio de Herodes Antipas a propósito de la identidad de Jesús.

El relato saca a la luz el por qué buscamos a Jesús, por qué nos interesa: ¿mera curiosidad o apertura real para descubrirlo a fondo?

¿Qué enseñanza nos deja este breve pasaje?

Subrayemos la pregunta de Herodes: “Entonces, ¿quién es este?”.

Es la pregunta que surge de cada encuentro que relata el Evangelio. Y Herodes lo personifica también a uno: también sucede que me de vez en cuando me encuentro haciendo preguntas e intentado respuestas.

Es lo que ocurre con los discípulos cuando descubren rasgos de su maestro que inmediatamente escapan a su comprensión.

Es lo que ocurre con la muchedumbre cuando es beneficiaria de gestos que curan heridas y que sacian el hambre, o escuchan de él palabras que sugieren una nueva forma de ver las cosas.

Es lo que ocurre con el mismo Juan el Bautista cuando parecía que Jesús no confirmaba sus expectativas.

Repasando el Evangelio, se descubre que la misma forma de preguntar es parecida: ¿Quién es entonces? Pero los resultados no son los mismos.

Herodes lo expresa también animado por una actitud de curiosidad que, sin embargo es un tipo de curiosidad que se queda ahí, que no le permite ser introducido en la comprensión profunda de ese hombre de quien oye ciertas cosas.

No basta con ser curioso para crear las condiciones para un verdadero encuentro entre Él y Jesús, lo sabemos también porque nos pasa también a nosotros en nuestras relaciones.

Podemos compararlo con otro hombre que más adelante intentará ver quién era Jesús, Zaqueo. Los términos son los mismos: “querían ver a Jesús”. ¿Pero qué diferencia hay entre la curiosidad el primero y el interés de convertirse por parte del otro?

La sangre aún gotea de las manos de un Herodes asesino que quiere ver a Jesús y a quien el mismo Jesús más adelante le da el título peyorativo de “zorro” (Lc 13, 32).

Cuando fue acusado por el profeta, Herodes lo hizo decapitar, aniquilar, destruir.

Y cuando aparece de nuevo alguien que atormenta su conciencia, se pregunta quién será ese nuevo enemigo que le pisa los talones.

Jesús se presentará ante él al amanecer del Viernes Santo, pero Herodes no recibirá respuesta (Lc 23, 9) porque el suyo era solamente un picor de novedad, no un signo de voluntad de renovación de vida.

En esa circunstancia incluso lo tratará como a un objeto, le pedirá que satisfaga su necesidad de ver un milagro, algo de lo que pueda disponer según su voluntad.

Quería prodigios, no salvación, por eso ni siquiera teniéndolo al frente va a descubrir quién realmente es. Lo tendrá al frente, pero no “lo verá” realmente, porque su interés es ver lo que él quiere ver, no lo que Jesús le quiere mostrar.

Pues bien, Herodes está intrigado, pero no es capaz de ir más allá del «dicen», de los rumores.

Herodes es incapaz de descender del trono de sus suposiciones para dar el paso de ir hacia el otro.

En esto reproduce no poco los rasgos de su padre Herodes el Grande, cuando envía a los magos a comprobar y pedirles que lo mantengan actualizado. Es la actitud de quien captura información, pero para controlar, perseguir y matar.

Herodes, sin embargo, siente que este tipo de acercamiento a Jesús no es suficiente, sólo le permite releerlo de acuerdo con categorías pasadas, tal como lo informaron, confundiéndolo con Juan, con Elías o con uno de los profetas antiguos. Pero no llega a donde tiene que llegar.

Jesús, como todo hombre, después de todo, debe leerse desde su presente, desde el aquí y ahora.

Herodes quisiera hacerlo, sí, pero sin la voluntad de recibirlo tal como se revela.

Herodes “Estaba tratando de verlo…” (Lc 9,9), anota el narrador. Y deja congelada la imagen del personaje en este punto.

Lo que se retrata es a un hombre, al rey, preocupado por el ejercicio de su poder, al igual que su padre.

Le inquieta un poder que la gente parece otorgar en términos de popularidad a ese Maestro de Galilea.

Es la necesidad de ejercer el control, de asegurarse de que nada se escape a su alcance como rey.

Herodes simplemente no se siente cómodo con Jesús. No se siente bien cuando algo golpea su delirio de omnipotencia.

No le interesa Jesús, sino la fama que lo rodea y de la que le gustaría apoderarse. Herodes teme que Jesús empañe su personalidad ensombreciendo su poder.

En fin…

Herodes es la figura de quien tiene una verdadera dificultad para encontrarse a sí mismo y para dejarse encontrar, por eso es retratado en un estado de confusión que oscila entre el no saber qué pensar y el tratar de ver.

Tenemos en este texto una fina caracterización del personaje Herodes. Pero al evangelio quién realmente le interesa es el lector.

Y yo, ¿por qué busco al Señor? ¿“Quién es éste” para mí?