Vayan a anunciar el Reino y a sanar
Lectio de Lc 9,1-6
P. Fidel Oñoro cjm

“Los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar” (9, 2)

El Señor nos envía a sanar a una humanidad enferma y desanimada.

¡Qué fuerte resuena esto en tiempos de pandemia, de tantos muertos, enfermos y carencias!

La misión apostólica es continuación de la de Jesús. Así como Jesús anunciaba la buena noticia del Reino (4,18.43-44; 8,1), así también los Doce (v.2.6).

Esta proclamación está acompañada de sanaciones. La predicación no es solamente un anuncio verbal. La proximidad divina se concreta en la cancelación del sufrimiento humano.

En este podcast explicamos las instrucciones de Jesús, en la letra y en el sentido. Y luego nos detenemos en lo fundamental: el anuncio del Reino.

Anunciar el Reino

Lo que anuncia el misionero es el Reino de Dios. No mensajes funestos. El misionero le dice y le muestra a cada persona que Dios la lleva en alas de águila.

A propósito, los rabinos se preguntaban cómo es que está escrito que Dios nos lleva sobre alas de águila, cuando el águila lo que hace es llevar bajo sus alas a sus pequeños. Y respondían: “Sobre alas de águila porque si alguna intentara tirarle flechas, serían ellas las heridas y no sus aguiluchos que lleva en sus alas”.

Ese es el anuncio de los misioneros. Ir y narrar a Dios que se deja herir para que no lo seamos nosotros.

“El Reino de Dios está cerca…”. El Reino de Dios, su poder transformador, se ha puesto al alcance. Dios ha anulado las distancias.

Y el misionero lo anuncia haciendo él también gestos de cercanía con la gente.

A los Doce, y a nosotros hoy, se les ha entregado un poder, el único que podemos ejercitar sin posesionarnos de nadie, esto es, el poder de hacernos prójimos.

Esto es lo que da inicio a la curación: cuando te haces prójimo.

Y es una aproximación respetuosa portadora de toda la riqueza de un lenguaje corporal.

Los enviados son pobres. Ni siquiera un bastón sobre el que apoyar sus cansancios. El único instrumento del que disponen es el propio corazón y la certeza de que un día alguien se ha acercado a mí y me ha hecho sentir toda la ternura del Padre.

¡Ay de nosotros si el llevar el evangelio fuera solamente un hecho organizativo, una cuestión de palabras más o menos cautivantes!

¡Ay de nosotros si no llevamos por dentro la ternura de la mirada de Jesús que capta el cansancio de los rostros y las inquietudes del corazón!

Se podría objetar que no nos pertenece a nosotros el poder los grandes milagros.

Es verdad, pero está en nuestras manos el poder de los gestos cotidianos: levantar enfermos con nuestra cercanía, restituir la esperanza a quien se siente al borde de la muerte o fracasado.

Lo nuestro es tumbar los muros que nos hacen tomar distancia de los que son vistos como leprosos.

Lo nuestro es expulsar los demonios, los fantasmas de la psiquis humana que asfixia la esperanza de tanta gente y la deprime.

Nos pertenecen los gestos concretos con los cuales nos ocupamos de la vida y de la salud de todas las personas, sobre todo de los indefensos y menos favorecidos.

El cuidar de la vida de esta manera es una forma de atestiguar que aun cuando a veces un mal pueda parecer incurable, al menos puede ser aliviado, cuando es compartido y llevado con amor.

Son formas concretas de anunciar que el Reino de Dios está cerca.

¿Y yo? ¿Qué imagen de Dios comunico?

El Reino de Dios está cerca. Sí. Dios ha anulado las distancias. Esto que lo que hay que comunicar.

Y este gran anuncio solamente se puede comunicar con gestos concretos de cercanía donde haya sufrimiento o inquietud del corazón.