‘Cuando atraviesan áridos valles,los convierten en oasis’

(Salmo 84, 7)

 

En este día en que se nos habla de Peregrinacion, vamos a leer la historia de otro peregrino que es desde su experiencia de Dios transforma el camino.

 

Lectio del Salmo 84

El Salmo 84 es un texto de una gran intensidad espiritual. Es presentación de una peregrinación hacia el templo de Jerusalén.

 

Precisamente el impulso lo sentimos desde el principio, en la exclamación estupefacta de un peregrino cuando por fin llega delante del templo hacia el cual ha hecho un largo viaje: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! ¡Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo!” (v.2-3).

 

Es un Salmo que no solo retrata esta emoción de la llegada, sino también lo que ocurre en la estadía y que tampoco pierde de vista la melancolía, la estremecedora melancolía, de tener que volver a la casa dejando atrás este sitio delicioso del que no quisiera irse, allí donde se ha encontrado con Dios con quien ha tenido un contacto directo y de quien ha gozado la delicia de su presencia, su teofanía en la liturgia y las bendiciones que él prodiga.

 

Este es el salmo de un peregrino que llega a envidiar a las golondrinas que tienen sus nidos en las cornisas y aleros del templo, junto al altar. Este templo donde se siente como en el paraíso, en el gozo que da la intimidad de Dios. Y que no tiene nada que ver con lo que pueden ofrecer los potentes palacios de los malvados. El orante tiene clara cuál es su opción.

 

Vamos a leerlo:

 

“¡Qué deseables son tus moradas,

Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela

los atrios del Señor,

mi corazón y mi carne

retozan por el Dios vivo.

 

Hasta el gorrión ha encontrado una casa;

la golondrina, un nido

donde colocar sus polluelos:

tus altares, Señor de los ejércitos,

Rey mío y Dios mío.

 

Dichosos los que viven en tu casa,

alabándote siempre.

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al preparar su peregrinación:

 

Cuando atraviesan áridos valles,

los convierten en oasis,

como si la lluvia temprana

los cubriera de bendiciones;

caminan de baluarte en baluarte

hasta ver a Dios en Sión.

 

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;

atiéndeme, Dios de Jacob.

Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,

mira el rostro de tu Ungido.

 

Vale más un día en tus atrios

que mil en mi casa,

y prefiero el umbral de la casa de Dios

a vivir con los malvados.

 

Porque el Señor es sol y escudo,

él da la gracia y la gloria;

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.

 

¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre

que confía en tí!”