Lectio Twitter “Palabra vivificante”. P. Fidel Oñoro cjm

Juan 20,2-8: Creer y amar como el Discípulo Amado

Ayer veíamos a Esteban ante la muerte, hoy al “Discípulo amado” ante la resurrección.

La tradición ha querido identificar al “Discípulo amado” del Cuarto Evangelio con el apóstol Juan, el hijo de Zebedeo.

Detengámonos primero en el retrato que el Cuarto Evangelio hace del “Discípulo Amado” y profundicemos luego en una página del Evangelio que es emblemática de su peculiar experiencia del Señor Jesús.

1. La identidad de Juan

Una antigua tradición eclesiástica, un poco tardía en realidad (en torno al 180 dC), identificó al apóstol Juan, el discípulo de la primera hora junto con Pedro, Andrés y Santiago (ver Marcos 1,19-20), con el autor del Cuarto Evangelio.

Si bien identificación hoy es discutida, no deja de ser fascinante el hecho de que el autor del Cuarto Evangelio tenga todas las credenciales apostólicas, que se presente a sí mismo como un testigo privilegiado de Jesús.

Pero su mayor distintivo radica en que antes que destacarse porque “amó” a Jesús intensamente, lo que realmente importó fue el hecho de que se dejó amar por el Maestro. Por eso es el Discípulo “amado” y no el Discípulo “amante”.

¿Cuáles son las señas que identifican a Juan?

En el Cuarto Evangelio el Discípulo Amado se autorretrata como el apóstol que entró más a fondo en el misterio de Jesús a través de una intensa amistad con el Maestro y como el finalmente narró para nosotros testimonialmente su propia experiencia directa del Señor, esa vida del Verbo Encarnado, una vida terrena que de por sí ya era una narración de Dios (Jn 1,18).

Él mismo se retratará en la conclusión del evangelio con estas palabras: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Juan 21,24).

El discípulo “amado por Jesús”, es el modelo del discípulo ideal.

Vemos a este discípulo asociado a la contemplación del misterio de la encarnación: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y de ahí en adelante como testigo privilegiado de los principales momentos de la segunda parte del evangelio:
* es el que recuesta su cabeza sobre el pecho de Jesús (13,20),
* es el que recibe a María por madre al pie de la cruz (19,26),
* es el que acentúa la credibilidad de lo testificado sobre la muerte de Jesús (19,35-36),
* es el testigo del sepulcro vacío (20,8).

Sobre esta base, en el cuarto evangelio, su autor parece querer decirnos constantemente: “Yo he vivido estas cosas y sé que son verdad”.

2. Asomarse al misterio por la ventana de la Pascua

El evangelio de hoy se detiene precisamente en la escena en la que el discípulo amado se convierte en testigo de la resurrección de Jesús.

La resurrección de Jesús genera un cambio profundo en la relación de los discípulos con Jesús. Lo último que han presenciado de Jesús “Verbo encarnado” ha sido su muerte en la Cruz y la sepultura. Su cuerpo habían quedado rígido y frío, envuelto en vendas, como se acostumbrada en aquella época.

Pero Jesús vence la rigidez de la muerte, se levanta y entra en la vida eterna con Dios.

Esto había sido anunciado por la Escritura, como dice el texto de hoy: “Hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,9).

Es a partir del encuentro con Jesús vivo y resucitado que los discípulos van a poder comprender la Sagrada Escritura e interpretar todo lo que se dice sobre Él.

El evangelio entonces nos muestra los primeros pasos a través de los cuales pasan Pedro y el discípulo amado para llegar a la experiencia del Resucitado.

Son cuatro pasos:

Primer paso

Todo empieza con el anuncio que da una discípula. En la mañana de la resurrección de Jesús encontramos a María Magdalena quien, después de haber visto descolocada la piedra del sepulcro (20,1), corre donde Pedro y donde el discípulo amado para decirles que se han llevado el cuerpo de Jesús y que no sabe dónde está (20,2).

Pero mientras María Magdalena está preocupada por el cadáver, Jesús ya lleva tiempo de estar resucitado. Lo fundamental ahora será comprender este nuevo estado de vida del Señor.

Segundo paso

Los dos discípulos recorren el mismo camino por el cual la Magdalena ha pasado, en dirección de la tumba. Van asustados. Quieren constatar personalmente las palabras de la discípula (20,3).

Cada uno de ellos corre a la velocidad que le es posible.

Tercer paso

Al llegar a la tumba cada uno de ellos ve un poco más de lo que vio el anterior: María sólo había visto la piedra corrida, el discípulo amado ―que fue el primer en llegar― vio las vendas en el suelo.

Pedro, quien llega después vio además el detalle del sudario doblado en un lugar aparte (20,5-7).

Lo que Pedro ve contradice la explicación dada por la Magdalena, porque es muy improbable que una persona que se roba un cadáver se ponga primero desenvolverlo de las telas que lo cubren, y mucho menos se ponga a doblarlas de forma tan cuidadosa y ordenada.

Ahora bien, la tumba vacía no pretende ser una prueba contundente de la resurrección, sino más bien un signo de que Jesús ha dejado la tumba y vencido la muerte. Y como signo que es requiere de interpretación.

Cuarto paso

El punto es que Pedro constata con mucha precisión el estado actual del sepulcro, pero no sabe interpretar el signo. En cambio el discípulo amado, quien ve al final lo mismo que vio Pedro, es capaz de dar un paso adelante: “Vio y Creyó” (20,8).

Es verdad que sólo las apariciones del Resucitado, harán inequívoco el signo de la tumba vacía y conducirá a los discípulos hasta el creer, pero el caso del discípulo amado es distinto, para él fue suficiente “ver” algunas señales para dar el paso del “creer”.

Lo que convenció al Discípulo Amado fue lo que vio con sus propios ojos. Para entender a partir de pequeños signos se necesita el amor. El amor le dio a este discípulo la visión que necesitaba para leer las señales.

Y este amor no proviene de sí mismo, sino del extraordinario amor que él recibió primero. Por eso lleva el título de “Discípulo Amado por Jesús”.

¿Creer para amar o amar para creer?, he ahí cuestión.

Todo el cuarto evangelio respira esta experiencia fundamental. El evangelista nos da su testimonio ofreciéndonos signos para que también nosotros ―como él― lleguemos a “creer” y por esta relación estrecha con Jesús también nosotros hagamos el camino que conduce a la plenitud de vida que lo distingue en cuanto Hijo de Dios (ver Juan 20,31).

3. Con el Discípulo Amado contemplamos la unidad y hondura del misterio

“Contemplar” no es simplemente “ver”, es captar la unidad y profundidad del misterio de Dios revelado en Jesús, el Verbo hecho carne.

Es curioso que en este clima natalicio tan rápido nos asomemos a la Pascua por la ventana de una tumba vacía que invita a ver más allá de las apariencias con los ojos de la fe, con mirada enamorada. Precisamente allí donde el discípulo amado pone su firma con dos palabras que le identifican: el que “Vió y Creyó”.

De esta forma la liturgia no pierde de vista la unidad del misterio: si celebramos a Jesús nacido en nuestra carne y lo reconocemos como Hijo de Dios, es porque lo hemos escuchado y lo hemos visto muerto y lo reconocemos resucitado.

Podríamos decir que celebramos navidad porque creemos en la resurrección, porque entendemos que la resurrección es el verdadero día del nacimiento (el “Vere Dies Natalis’”), como afirmaban los Padres de la Iglesia.