Durante este tiempo hemos podido constatar el celo apostólico o podría decir, la revolución sacerdotal,de muchos hermanos en el ministerio que, con múltiples innovaciones, han querido estar cerca de quien es la razón de ser de su ministerio: el pueblo de Dios, que también es pueblo sacerdotal. Esto me hizo pensar en un escrito de san Juan Eudes sobre el sacerdocio. El Memorial de la Vida Eclesiástica (O.C. III, 1-233) es una de las grandes obras de san Juan Eudes referidas básicamente a las cualidades y excelencias de un buen pastor y de un santo sacerdote, sus deberes, las disposiciones para desempeñar santamente sus funciones y otros actos de piedad que procuran la contemplación de Dios y la firme convicción que como sacerdote es Jesucristo que vive y camina en la tierra. Sin dudas, una de las primeras convicciones que quedan después de esta situación es la afirmación del eclesiástico francés con respecto a que el sacerdote es: “imagen de la bondad y de la vigilancia del gran Pastor de almas, que no abandona a sus ovejas, que conoce sus necesidades, debilidades y enfermedades para remediarlas” (O.C. III, 28; cita traducida al español y citada en Obras Escogidas, tomo II).

Esta “bondad y vigilancia” de la que habla san Juan Eudes con respecto a los fieles encomendados se evidencia en que la mayoría de sacerdotes han asegurado, por todos los medios posibles, que las personas y las comunidades puedan cultivar su vida espiritual desde sus casas o los lugares donde se han tenido que confinar. Así, fácilmente pueden constatarse: Eucaristías virtuales, cursos virtuales de espiritualidad, grupos de oración virtuales, hora santa virtual, rosario virtual, novenas virtuales, oraciones virtuales a Dios por esta pandemia, etc. Esto refleja toda una convicción de la paternidad/maternidad divina que nos ha sido confiada. En últimas, se trata de consolar a quienes ahora se sienten afligidos y a veces pierden la esperanza frente a lo que vivimos. Nos hace bien entonces recordar hoy, con esta pandemia del COVID-19, la consolación a los afligidos que deben brindar los sacerdotes, de acuerdo con las propuestas de san Juan Eudes.

Ante todo, san Juan Eudes parte de una claridad: “recordemos que el Hijo de Dios ha dicho que cuanto hagamos al más humilde de los suyos lo hacemos a él mismo. Por eso quien consuela a un afligido está consolando a nuestro Señor y también a su santa Madre puesto que el consuelo del Hijo es consuelo de la Madre” (O.C. III, 96). Esto debería impulsar a cada sacerdote a renovar su mirada de servicio como al mismo Cristo. Fundamentalmente quisiera centrarme en 7 claves del servicio sacerdotal a los afligidos (O.C. III, 97-106):

  1. San Juan Eudes nos invita a pensar que “la Divina Providencia conduce y gobierna todas las cosas (Sb 14, 3)”. Esto, lejos de pensar que por nuestra parte no tenemos nada que hacer, debería impulsarnos a un compromiso serio y responsable animados por la fuerza del Espíritu Santo.
  2. También tenemos que generar conciencia del amor de Dios. Dice san Juan Eudes que Dios solo tiene sobre nosotros “designios de amor y de paz y no de aflicción (Jr 29, 11)”. Esto me hacía pensar en la columna semanal de Boff (2020) en la que se preguntaba si el Coronavirus no sería una reacción y represalia de Gaia (la tierra) ante tanta injusticia, pues todos los seres están interconectados. Por lo tanto, el querer de Dios no es la aflicción, sino de profundo amor por sus Hijos.
  3. San Juan Eudes igualmente mira la situación de aflicción como una oportunidad para pensar en la misericordia de Dios, que “no nos castiga como a enemigos sino como a hijos suyos”. Esto es válido aún hoy: es tiempo de pensar en nuestra fragilidad y que no somos eternos en el mundo, sino que tenemos que aspirar a los bienes del cielo.
  4. El santo francés también se interpela sobre la participación en la cruz de Cristo. Recuerda, siguiendo la Santa Palabra, que todos los que agradaron a Dios pasaron muchas tribulaciones. También hoy podríamos imaginar que esta realidad debe suscitar en nosotros una mirada distinta sobre el mundo, sobre los otros, sobre la pertinencia de nuestro servicio. Inclusive este COVID-19 debe interpelarnos si nos hemos aliado con los poderosos y hemos olvidados a los afligidos que esperaban mucho de nosotros.
  5. San Juan Eudes invita, como continuación del punto anterior a descubrir que “las Santas Escrituras nos advierten que la cruz y los sufrimientos son la gloria, el tesoro, el paraíso, el supremo bien del cristiano en la tierra”. Pero no veamos estas advertencias como solo una aceptación pasiva de la tribulación, sino como una proyección a pensar en Dios y a animarnos a servir mientras vivimos, nos movemos y existimos.
  6. El fundador de los Eudistas, de las hermanas de la Caridad del Buen Pastor y de la Sociedad de la Madre Admirable, insiste en que se puede encontrar un verdadero tesoro en la aflicción si se sabe hacer uso de la misma. Inclusive asegura que “nada purifica al hombre tanto como el sufrimiento”. Cabe entonces preguntarnos: ¿qué enseñanza en nuestra vida personal, comunitaria y con la naturaleza nos deja esta situación de pandemia? ¿Cómo debe ser nuestra vida de ahora en adelante?
  7. Finalmente, san Juan Eudes llama a “usar santamente la tribulación”. Y en este último punto nos hace abrir los ojos frente a esta tribulación de enfermedad que vivimos: “quien no sobrelleva las tribulaciones como es debido, priva a Dios de la gloria que de ello habría recibido por una eternidad y se perjudica así mismo de tal manera que, de darse cuenta de ello, nunca podría consolarse. Sin dudas, el aliento del sacerdote francés en este tiempo será: no quedarse en el lamento de la pandemia, sino ante soluciones, compromisos y servicios a los demás para gloria de Dios.

Que estos puntos de reflexión en el servicio sacerdotal, aplicado a todos los que somos cristianos, nos ayuden a ver más allá de la pandemia y a meditar lo que Dios quiere que revitalicemos en estos tiempos.

P. Hermes, cjm